Corría julio de 2023. Mi base era Xalapa, la ciudad de la niebla y las buganvilias, pero el trabajo me llamaba a Durango. La ruta, sin embargo, tenía una escala inevitable: la Ciudad de México. Una escala que, por arte de la sincronía y un mensaje de WhatsApp de un amigo tejano, se transformó en una cita exprés con el caos. Él también aterrizaba allí. Así que, sin dudarlo, adelanté mi viaje. Teníamos 24 horas para comernos la ciudad.

No había tiempo para paseos tranquilos. El plan era una inyección directa de CDMX: caminar, observar y absorber a toda velocidad. La primera parada fue nuestro cuartel general, un Airbnb en un edificio que es una leyenda por sí mismo: “La Casa de las Brujas”, frente al parque Río de Janeiro. Mientras subíamos en su ascensor antiguo, no podía dejar de pensar en las historias que había leído. Dicen que en los años 50, este edificio art déco fue escenario de rituales de santería y ocultismo. Que en algunos departamentos se encontraron objetos extraños, y que los inquilinos de antaño juraban escuchar pasos en la azotea y ver sombras detrás de sus característicos ventanales en forma de proa. Dormir allí, sabiendo que el misterio habitaba en las mismas paredes, le puso un toque de adrenalina extra a nuestra base de operaciones. Era el punto de partida perfecto para una ciudad que nunca muestra todas sus cartas.

Desde ahí, nos lanzamos al ruedo. Nuestro recorrido fue un comprimido de esencias. Caminamos por Reforma, sintiendo el pulso de la ciudad en sus anchos camellones. Descendimos a las entrañas del Templo Mayor, donde el pasado prehispánico susurra entre piedras talladas justo al lado de una calle atestada de tráfico.



Y luego, llegó el momento cumbre: subimos a la Torre Latinoamericana. Pero no nos quedamos en el mirador. Nos sentamos en su restaurante, con una bebida que no recuerdo su nombre, y dejamos que la ciudad desfilara ante nosotros. Desde las alturas, con el Palacio de Bellas Artes como un pastel de marfil a nuestros pies, la inmensidad dejaba de ser abstracta para convertirse en un mapa vivo. Fue nuestro respiro en medio del torbellino.


Todo era una pequeña dosis de adrenalina. La ciudad no se detenía, y nosotros tampoco. Cada minuto contaba, cada esquina era una postal fugaz. Pero el verdadero souvenir, el que sintetiza el sabor de este viaje, me lo encontré en una esquina cualquiera, en un puesto humeante: una torta de tamal. Ese manjar callejero, tan absurdo como delicioso. El tamal, rojo y tierno, se refugiaba entre los bollos de la telera, y al morderlo, el vapor se mezclaba con el aire. El primer bocado fue una epifanía: el sabor a masa y salsa roja se fundía con ese olorcito inconfundible a smog, a ciudad, a gasolina y asfalto. Era el platillo perfecto, el que encapsulaba el espíritu de la metrópoli: una combinación improbable, caótica, pero extrañamente reconfortante.

Y luego, claro, llegó la anécdota que nos selló el viaje. En un Uber, de regreso a la base, el conductor, con la seguridad de quien navega un océano de asfalto a diario, nos soltó el consejo con una sonrisa pícara. Nos dijo que, si de verdad queríamos conocer la fiesta, teníamos que irnos a los barrios del Estado de México. Que ahí sí, aseguró, se armaba lo bueno. Y con un guiño en el retrovisor, remató: “Allá sí vamos a conseguir una que otra ‘pollita’ “.

Mi amigo tejano y yo nos miramos, soltamos una carcajada. Era la Ciudad de México en su máxima expresión: directa, sin filtros, un caos lleno de vida y de personajes. En esa frase, en esa oferta de un mundo subterráneo de fiesta que no íbamos a conocer, estaba el verdadero retrato de la ciudad. Una metrópoli que puede mostrarte sus templos milenarios, darte de comer en las nubes, alojarte en un edificio embrujado y, en el mismo aliento, ofrecerte una “pollita” en un barrio lejano.
Al final del día, exhaustos y con los pies adoloridos, nos despedimos frente a la silueta de “La Casa de las Brujas”. Yo seguiría mi ruta a Durango y él continuaría su viaje. Pero ambos nos llevábamos la misma certeza: habíamos tenido una pequeña, intensa y lindamente caótica dosis de la Ciudad de México. Una ciudad que no se visita, se habita, aunque sea por un día. Una ciudad que te da la mano con su historia, te envuelve en su caos y te despide con el sabor a tamal y smog en la boca.




