El viaje empezó en el Puerto de Veracruz, con el olor a sal y el sonido de las olas de fondo. Pero el destino final no era playero, sino montañoso: Tepic, Nayarit. El plan era sencillo pero ambicioso: visitar a unos amigos, algunos conocidos de años y otros a los que solo había visto en fotos, y aprovechar para conocer la región sobre dos ruedas. El vuelo me llevó de Veracruz a Guadalajara, y de ahí, un autobús me trepó por la carretera hasta la capital nayarita.


El recibimiento fue cálido, de esos abrazos que condensan el tiempo no compartido. Con Tacho, Marce y los demás, la conexión fue inmediata, como si el grupo de WhatsApp por fin cobrara vida en una sala. Y el plan estrella ya estaba en marcha: había comprado una bicicleta de ruta por internet. La odisea de conseguir que aceptaran mi tarjeta de crédito virtual valió la pena cuando por fin llegó la caja. Pero mientras la bici viajaba, yo no podía esperar. Me topé con un casco Specialized Echelon II en un color coral que me robó el ojo. Era tan hermoso que supe que sería mi compañero de aventuras incluso antes de tener la bici lista.


Las rodadas no fueron épicas en distancia, pero sí en momentos. El viaje no era vacaciones puras; yo seguía trabajando, así que las salidas eran exprés, al caer la tarde, explorando los alrededores de la ciudad. Una de esas tardes, con Tacho pedaleando a mi lado, me asaltó una urgencia muy humana. Vi un árbol, me oculté tras su tronco y resolví el asunto en cuestión de segundos. Lo que no sabía es que Tacho, con la mirada fija en el horizonte, no se había percatado de mi parada estratégica. Siguió de largo. Y yo, al salir de mi escondite, lo vi diminuto a lo lejos. Pedaleé como pude para alcanzarlo, pero él ya iba con el alma en un hilo. Kilómetros después, cuando por fin me vio aparecer en su retrovisor, su cara pasó del terror al alivio y luego a la carcajada. “¡Ya te daba por perdido en algún barranco!”, me gritó. Yo solo atiné a reír y jurar que la próxima vez le avisaría con señas de humo.
La comida en Tepic merece capítulo aparte. Probé de todo: un mortero de mariscos con un caldo que te despeja los senos nasales, tacos, pizza, boneless… Pero lo que me voló la cabeza fueron los botaneros. Llegamos a uno de esos lugares donde la lógica dice: paga tu cerveza y los mariscos llegan sin parar. Camarones, marlin, ceviches, tostadas… La música banda y norteña sonaba en vivo, el ambiente era familiar y seguro, y uno podía literalmente “sasear la hambruna” (como decimos en Veracruz) mientras la caguama no se secaba. Fue un festín pantagruélico donde entendí por qué Nayarit es paraíso gastronómico.




Otro día, el plan fue más tranquilo pero igual de mágico. Fuimos a un parque donde proyectaban películas al aire libre. Esa vez tocó ver Bichos, esa de Disney Pixar. El lugar tenía algunas familias, parejas, niños corriendo y, por supuesto, yo con un raspado en la mano, viendo hormigas animadas bajo el cielo de Tepic. Era un evento casual, sencillo, pero con un encanto que no se encuentra en las grandes ciudades.

El último día, la despedida merecía un ritual sagrado: carnes asadas en la azotea. Los cuatro amigos reunidos alrededor del fuego, cada uno echando algo al asador. La carne se asaba, las cervezas sudaban en las manos y las conversaciones iban y venían: desde anécdotas del pasado hasta promesas de volver a verse pronto. “Aquí te esperamos para seguir cotorreándola”, dijeron. Y yo supe que lo decían en serio.


A la mañana siguiente, tomé el autobús de regreso a Guadalajara, con el casco coral guardado en el equipaje, las piernas aún con el recuerdo de los pedales y el estómago lleno de marlin y camarones. El siguiente viaje me esperaba, pero una parte de mí se quedó en esa azotea, con los amigos, las brasas y la promesa de una próxima rodada.





